Irena Sendler, conocida como «el ángel del Ghetto de Varsovia» por haber salvado del Holocausto a 2500 niños judíos, murió este lunes en Varsovia a los 98 años. A Irena le irritaba que la consideraran una heroína. Decía: «Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera». Lo que tal vez ofuscaba a Irena Sendler del término heroína es que sustraía la capacidad de reacción del horizonte ético del ser humano común, cosa que ella demostró que era posible en el contexto de la desintegración humana que le tocó vivir. Aquella visión de las cosas, la exigencia moral de librar una batalla absolutamente desigual, la sensibilidad para comenzar donde otros terminan, configuran el misterio de lo que determina la estatura moral de una persona.

¿Es un sentido aguzado, como el oído y la vista, que algunos han desarrollado más que otros, a veces al extremo? ¿Es algo con lo que se nace, algo que se aprende? En su caso declaraba sencillamente que había sido criada por su padre en la comprensión de que una persona que se ahoga debe ser salvada, más allá de su religión o nacionalidad. Lo sintetizó así: «Fue un requerimiento del corazón». Los frascos enterrados debajo de un árbol de manzanas en el patio de un vecino, frente a las barracas alemanas, contenían los nombres de los 2500 niños. Esperaban en silencio poder dar también frutos, esperaban poder alguna vez ser pronunciados a la luz. La Gestapo la torturó, y rompió sus pies y sus piernas, como si hubieran querido quebrar la marcha de lo que estaba logrando mantener en pie, pero Sendler no reveló la ubicación.

Porque en cada uno de esos frascos se preservaba secretamente, junto a los nombres de los niños, otra comprensión de la humanidad. Y por eso la humanidad entera le debe hoy un tributo. Persuadir a los padres de separarse de sus hijos era una tarea inenarrable.

«¿Puedes asegurar que vivirá?» preguntaban ellos. Pero Irena sólo podía garantizar que morirían si se quedaban. «En mis sueños, todavía puedo oírlos llorar cuando dejaban a sus padres», dijo alguna vez. Los mismos sueños en los que entretejió la salvación de esos niños. Los sueños que rescataron otra idea del hombre, cuando éste se caía a pedazos. Los sueños que otros tenemos que aprender a soñar, ahora que no puede ella sentir aquel lamento, ahora que Irena Sendler ha muerto.

Por Enrique Valiente Noailles
Para LA NACION